¿Ha qué edad nos jubilaremos?

EMILIO ONTIVEROS

En el 2020, los mayores de 65 años representaremos algo más de la quinta parte de la población española, frente a casi el 14% en 1990 y al 17% actual; los menores de 16 años, que suponían en 1990 el 21%, serán entonces poco más del 15%. Esa tendencia al envejecimiento, aunque más retrasada en España, es común al resto de Europa: dentro de veinte años la población comprendida entre 25 y 50 años caerá desde los 139 millones actuales a 122 millones en el conjunto de los quince países que hoy integran la Unión Europea. Con independencia de otras consideraciones, las estrictamente económicas asociadas a la continuidad de esa tendencia generan una razonable inquietud. La más sensible es la viabilidad de los sistemas públicos de pensiones de los que depende una amplia mayoría de europeos y, en menor medida, del aumento en el gasto sanitario: los actuales 3,5 trabajadores activos por cada retirado europeo serán 2,5 en el año 2020. Todo ello, en un contexto en el que no es razonable anticipar aumentos de impuestos, ni una mayor proclividad de los gobiernos a incurrir en abultados déficit presupuestarios.

¿La solución? No es fácil ni única. Prolongar la edad de jubilación atenuaría la magnitud del problema, pero para ello sería preciso detener esa oleada reciente de prejubilaciones: la proporción actual de trabajadores europeos con menos de 60 años es significativamente inferior a la de hace 40 años, a pesar de que la esperanza de vida ha aumentado en aproximadamente 10 años en ese mismo periodo. Razones hay, también basadas en la más estricta racionalidad económica, para cuestionar esa prematura retirada, en muchos casos involuntaria, de miles de trabajadores cuya productividad suele estar lejos del agotamiento.

Pero el aumento de la edad de jubilación requiere ante todo significativas reducciones en el desempleo actual y esto será tanto más fácil cuanto más garantizado quede el mantenimiento de un aceptable ritmo de crecimiento económico. Así, si asumiéramos una tasa de crecimiento media en Europa del 2,5%, nos encontraríamos con que, dado el descenso del porcentaje de la población activa sobre la población total, en los próximos 20 o 30 años, la demanda de trabajadores podría llegar a superar la oferta, disuadiendo las jubilaciones o aumentando la demanda de trabajadores en esa edad. Ello incluso podría ser compatible con la reducción del número de horas de trabajo asociada a la presunción de continuidad del progreso técnico.

¿Es posible crecer a ese ritmo en Europa durante las dos próximas décadas? Algunas de las tendencias explícitas en el final de siglo permiten albergar esa esperanza. La maduración de algunas de las transformaciones que viene experimentando la economía mundial en los dos o tres últimos lustros podría contribuir a la prolongación de las fases de expansión, propiciando el aumento del número de países beneficiarios de la bonanza. La cara buena del proceso de globalización es esa mayor permeabilidad geográfica de los impulsos al crecimiento económico, a través del comercio y de la inversión internacionales derivados de la más rápida y barata difusión de la tecnología y de la más intensa movilidad internacional de los capitales.

Un reciente informe de la OCDE (The Future of the Global Economy. Towards a Long Boom?) advierte de que podríamos estar ante el inicio de una muy larga fase de crecimiento, superior al promedio de las últimas décadas, que se prolongaría más allá del primer cuarto de siglo; las nuevas tecnologías, las nuevas formas de organización e incorporación del conocimiento, jugarían un papel similar al de las más dinamizadoras invenciones del siglo XIX. Si así fuera, existiría una clara oportunidad para invertir la tendencia de las últimas décadas al aumento de la desigualdad y de la exclusión y, desde luego, para ofrecer a aquellos que lo desearan la posibilidad de prolongar su vida laboral más allá de los límites actuales.

Con todo, a los que en el próximo cuarto de siglo podríamos alcanzar esa edad no nos interesa sólo anticipar las posibilidades de extensión de la actividad laboral, sino también conocer las condiciones en que podremos ejercer esa opción: con qué tipo de organizaciones empresariales coexistiremos, qué posibilidades existirán de difusión de esa sociedad del conocimiento que previsiblemente dominará las condiciones competitivas de las empresas, qué grado de accesibilidad tendrán las nuevas tecnologías, cuáles serán las alteraciones más relevantes en la vida cotidiana, entre otras. Si el arraigo de esas mejores perspectivas económicas es paralelo a una mejora de la calidad del trabajo, a una división más enriquecedora del mismo, es probable que estemos más cerca de compatibilizar dos objetivos hoy difícilmente conciliables: las posibilidades de realización personal de los maduros con el saneamiento de los sistemas públicos de pensiones.


Emilio Ontiveros es catedrático de Economía de la Empresa de la Universidad Autónoma de Madrid.